"EL
RUSO" O UNA HISTORIA PARALELA
Lo
que era evidente es que en aquella banda convivían historias
diversas, o quizás seria mas apropiado decir que aquellos
individuos andaban medio ocultando historietas que, tal vez
por la cercanía relativa en el tiempo o por pura vergüenza
torera, dormitaban en lo semioculto. Por ejemplo Antonio,
(mas tarde rebautizado como "El Ruso" sin que, a excepción
de Bernardino "El Divino", sepa nadie muy bien porque) era
un guitarrista pelo-rubiaco de nariz así, como revirada por
causa de algún cabezazo "mal dao", y muy "de la calle" mas
por vocación que por causa de familia, a la que, por cierto,
iba, poco a poco, matando a disgustos."¿ ¡¡Que vamos a
hacer con este chico!! ?"
solían preguntarse sus viejos angustiados ante el oficio tan
poco recomendable con el que se había obcecado el individuo
de marras, y es que ser un ROCKERO en aquel "Por entonces"
era, sin duda, cosa de mucha gravedad, "Cuasi delictivo",
que dirían mas de uno.
La
cosa es que el jodío niñato (Toñin o El Toñi para la
familia) había traspasado de largo los limites de la
normalidad permisible de por entonces y, sin mas, estaba
cambiando la cosa bandurriera-festiva de por Navidades y
cumpleaños, por ese otro asunto de las guitarras eléctricas
y los pelos largos, a mas de gastarse los cuarenta duros
semanales en los poco recomendables billares Victoria, eso
si, bien repartidos entre la partida de billar y el
Satisfaction de los Rolling, a duro dos canciones en la
"gramola imprescindible", en la que, por cierto, durante un
periodo de seis o siete meses, ¡¡ nunca sonó ningún otro
tema!!, descontando, naturalmente, las muy ocasionales del
"Que noche la de aquel día" de los Beatles, pero lo que se
dice estar, estar... no estaba muy bien visto.
Y es que corrían
tiempos de cambios, de rebeldes con y sin causa, de "Es mi
vida y la vivo como quiero, es mi mente y pienso como me da
la gana", de largarse "A dedo" por media Europa con el saco
de dormir y la guitarra, del "Amor libre"(?), del Mayo del
68, del "Tu delante, los grises detrás", del D.N.I. en la
boca si no querías dormir en los calabozos de la D.G.S.
Puerta 'el Sol, de..., vamos, de las cosas esas de la
antigüedad.
Pero, ¿para qué nos vamos
a poner pesaditos con la clásica colección de tópicos
típicos que, a mas a mas, hartos estamos de que,
cíclicamente, nos lo coloquen en la caja tonta?. El asunto
es que, por fin, al individuo, le salía un contrato decente
como músico, atrás quedaba aquella primera actuación en la
"Fiesta Fin de Curso" del Liceo Sorolla donde, al primer
acorde de guitarra, salió disparado hacia él publico el
altavoz de la radio que, a modo de amplificador, pretendían
utilizar los dos guitarristas y el bajo, o aquella otra en
el teatro de los Salesianos de Estrecho donde,
misteriosamente y uno tras otro, se iban quedando sin sonido
los amplificadores, primero el juego de voces, luego el que
compartían las guitarras, y por fin, el del bajo. Cuando
entre el publico comenzaron a quemar las entradas y a
vociferar malamente, creyeron oportuno salir de naja,
dejando al batería, que era lo único que aun sonaba, en la
estacada, y al que, a pesar de la vorágine de la huida, se
le escuchaban exabruptos, los cuales, por educación, no
viene al caso repetir. ¿Y aquella primera guitarra eléctrica
marca Eko (la de los variopintos botones), que habían
comprado entre cuatro y que se repartían por turno
riguroso?.
¡¡ Que tiempos aquellos
que no volverán!! (Por suerte, que diría el otro), y es que
alguna que otra aventura, como, por ejemplo, aquella de
Entrevías es difícil que pudiera volver a repetirse. Resulta
que, así, como por arte de magia, aparecen "El cojo" y "El
Rubio", dos personajes de la zona del "mas allá" (es decir,
del Entrevias-Cañorroto del año 68) a los que les sobra
equipo y les faltan guitarrista y cantante, así que, sin
pensarlo, Antonio y Jóse Rico abandonan la cosa esa de las
guitarras compartidas y las españolas con pastilla, para
zambullirse en el progreso y la modernidad; además, en
cuanto al espinoso y siempre difícil asunto del local de
ensayo, ¡¡ No había problema!!, estaba el salón de la casa
de los padres del Rubio, tres por tres hermosísimos metros
cuadrados que servían, a su vez, de peluquería para la
hermana y sala de güateques, ¡¡ Un chollo!!, imagina un
sábado por la mañana con todas las nenas del entorno
esperando para peinarse, mientras los tipos ensayaban a todo
volumen el "Born to be Wild", ¡¡Menuda pasada chaval!!.
Supongo que, por el respeto que se merecen los padres de las
criaturas (dos santos, oiga), se me permitirá obviar algunos
de los sucesos que acontecieron en dicho salón que, por
cierto, también servia por las noches, de garaje para tres
motos, una de las cuales (la sin frenos de dudosa
procedencia), venía de perlas a nuestros dos intrépidos como
transporte, y es que viajar desde el barrio de Tetuán hasta
El Pozo 'el Tío Raimundo, sin carnet de conducir, frenando
con la suela de los zapatos y sorteando a los municipales,
era todo un reto por el que mas de uno hubiera vendido su
alma a los Rolling. Pero volvamos al asunto.
"¡¡Por fin un contrato
decente!!", vociferaba el Güili a punto de
orgasmo. El Güili era el batería del mas ultimo grupo por el
que paraba el Ruso, un buen chaval cuyo único defecto
era tener un padre teniente de la Guardia Civil de los de la
"mala follá" y la ulcera de estomago (por no contar cuando
le daba a la priva). Es difícil de asimilar como un
personaje de semejante catadura, podía haber engendrado a
Paula, la hermana del Güili, y es que la nena, un año
mas joven que su hermano, era un regalo de la naturaleza,
con total seguridad, los dieciséis años mejor cumplidos del
barrio de Pacifico, como precaución, había que sujetarse
enérgicamente "los machos" cuando, los Domingos a media
mañana, aquella pedazo de mujer se hacia "el paseíllo"
calle abajo, para venirse a tomar el vermut con los del
conjunto, ¡Todo un espectáculo!. De todos los baretos a
ambos lados de la calle se veía aflorar al personal con los
ojos saltones, y la boca entreabierta a punto de baba, eso
sí, en medio de un silencio sobrecogedor, como si de una
procesión se tratase, no tanto por respeto a la nena (que lo
merecía), sino porque el teniente vigilaba desde el balcón
calzando en una mano la reglamentaria y en la otra una de
aguardiente. Los que, en aquel entonces, anduvieran de los
dieciséis, diecisiete Abriles en adelante, sabrán
perfectamente que lo de enfrentarse a la Benemérita por una
cuestión de faldas, no era precisamente la mejor manera de
pasar un Domingo divertido. No obstante, los del grupo (a
costa, naturalmente, del Güili) tenían bula, y la chiquilla,
sabiendo de sus encantos, gustaba de jugar al calentón con
los musiqueros. Así pues, en cuanto el guardia civil creía
haber dejado a la niña en puerto seguro y daba media vuelta
para seguir conversando con Baco, el asunto tomaba otro
cariz bien diferente, que hacia regresar a casa a mas de uno
con el típico dolor de "salvas sean las partes", tan bien
conocido en aquellos tiempos de santa represión y divina
decencia. Hay que dar por supuesto que, el Güili, a la hora
de pagar los vermutses, solía estar considerado (¡Faltaría
mas!) como "excedente de cupo".
"Cuenta, Cuenta" se
precipitaban sobre Güili el Ruso y el Rogelio, para
mas señas bajista de la banda y dueño de una Vespa con
sidecar, donde, en casos de necesidad (es decir, casi
siempre) se solía transportar, por trozos, el equipo. ¿No
jodas que nos contratan para lo de América?, "Y sin
joder" respondía el otro en un alarde propio del que se
sabe en su momento de gloria, "El
lunes en el despacho de La Fidela para firmar el contrato".
La Fidela era el apodo de
un tal Don Fidel, el conocido representante de
artistas variopintos, cuya seña de identidad mas
característica era una mal disimulada "perdida de aceite" la
cual, parece ser, le había costado algún que otro mal
disgusto.
Decían las lenguas de
doble filo que, en otros tiempos, "La Fidela" había ejercido
como militar de cierta graduación en las provincias Mañas,
de donde, por lo visto, las altas jerarquías, le habían
desterrado por el abuso, con reincidencia, de algún que otro
recluta despistado a la búsqueda del enchufe que pudiera
evitarle pasar por la "odiosa cocina" y que, otra cosa no,
pero enchufarles, parece ser que si los había "enchufado".
Dicho asunto que, en principio, podría muy bien tratarse de
un infundio mas de "la profesión", cobraba visos de
autentica certeza a poco que uno cruzara un par de palabras
con el susodicho, y es que, efectivamente, Don Fidel era un
poquito rarito, un poco "difícil", un poquito maricón,
hablando en plata, un madraza, al que gustaba rodearse de
efebos con aspiraciones a "Cantantes del momento" a los que
solía utilizar a modo de secretarios habituales, de tal
manera que no era inusual encontrarse dentro del despacho de
la Fidela al "Fefe" o al Tony Genil " El cantante de
rodillas", ¡No te digo mas!.
Realmente, en la
"Casa-Despacho-Garito" de Don Fidel, cualquier espécimen
medianamente observador podía distinguir claramente dos
ambientes que, aunque relacionados, tenían poco que ver
entre sí. El primero sucedía, como ya hemos apuntado, en el
despacho privado del susodicho, el otro se creaba en la
"salita de las esperas interminables con el tresillo rojo",
y es que la Fidela, no se sabe muy bien si por tirarse el
rollo o por alguna otra actividad mas oculta, hacía esperar
a todo dios las horas muertas, de tal manera que ir a buscar
trabajo a su "Agencia Artística" suponía entrar a las cuatro
de la tarde y salir a medianoche. Pero, aunque algunos de
los allí postrados, “en
pasando”
las primeras cuatro horas de nada, huían en busca del
oxigeno imprescindible, el Ruso nunca se arrepentiría de
tirarse, aplastado en el sofá rojo, buena parte de su
juventud perdida, y es que por aquellas tertulias solía
desfilar un porcentaje bastante cualificado de la "cantera"
musical de la época, tal era el caso de Jean Pierre Gómez,
considerado por muchos como el gran maestro de la guitarra
de blues, o su hermano Raimond, que a los dieciséis tacos ya
tocaba con los Pop Tops del Mamy Blue, top uno en las listas
de medio mundo, y top diez en el resto. Mas tarde el niñito
de marras conectaría con George Harrison, el de los Beatles,
el cual, dicen que, en un cuelgue místico muy de él, andaba
buscando por la Gran Vía de Madrid, un rastro perdido de
Santa Teresa (¡Que cosas se le ocurrían a este chico!), fue
un encuentro mágico para Ray, ya que intimaron y le presento
algunos amigos de Londres. El chico acabo en los U.S.A.
tocando y grabando LPs. con Chick Corea, Stanley Clarke, y
su propia banda, ¡Casi ná!. ¿Qué decir de Salvador
Domínguez, el viajero incansable, guitarrista en Canarios,
Banzai, etc. etc., a mas de creador de varios métodos de
guitarra?, o Juan Simarro y Tomas
“El
Trucha”,
que se movían por las zonas más comerciales de Camilo Sexto
y similares, en las que, dicho sea de paso, se suelen
encontrar verdaderos musicazos tratados muy injustamente por
algún que otro “listillo”
que no se para a pensar sobre la necesidad de comer que
acompaña al ser humano de por vida. Pero retornemos.
“El
problema es el teclista”,
seguía el Güili, “dice
la Fidela que sin teclas no hay contrato”,”¡
Putadon !”,
respondían a dúo el Ruso y el Rogelio, y es que los
teclistas, sabiéndose pocos y buscados, se daban a valer,
los jodíos. Pero, como ya habrá dicho antes alguien, cuando
el destino lo manda, los caminos se hacen solos, y este
asunto debía estar escrito, porque, de un amigo que conoce a
otro, aparece un tercero que sabe de un cuarto que es
pianista, y que, además, canta. Es así como aparece en
escena el Carlitos, un espécimen interesante como
músico, pero desastroso como ser humano, de hecho el
individuo no solía ducharse, ni lavarse los piños jamás, con
lo que el tufo que desprendía el amigo era considerable y
notorio, a mas de “ponerse”
con todo tipo de pastillas que cayeran en sus manos. Todo
ello no hubiera sido demasiado sino fuera porque, encima, y
para colmo de males, ¡¡ Tenia una novia que no se separaba
de el ni para ir al servicio !! (Literalmente), de tal
manera que, si el Carlitos, en sí mismo, era una pesadilla
andante, los dos juntos hacían palidecer y vomitar de
empalago a los mismísimos Raphael y Adamo juntos y
revueltos, ¡¡ Que plastas, tu !!. Pero, al fin y al cabo, el
asunto no tenia vuelta de hoja, o el Carlitos (y compañía) o
el baile de Cantalejo de Arriba, donde se corría el riesgo
cierto de acabar en el pilón-abrevadero más cercano, a poco
que no se llevaran en el repertorio pasodobles suficientes
como para aburrir a mi tía abuela (que ya es decir), la cosa
estaba clara, había que capear el temporal como fuese,
luego, una vez en el barco ya se vería. Porque, no sé si
hemos dicho, que el contrato que traía a mal vivir a
nuestros protagonistas, era para tocar en la discoteca del
barco que hacía la línea regular España-Venezuela, al
llegar a La Guaira, desembarcaban al personal recogiendo a
otro de mas postín con el que se
“montaban”
un crucero de placer por las islas del Caribe, y así, una
vez concluido este, vuelta para España, todo ello con dos
escalas intermedias de tres dias, una en Inglaterra, y la
otra en Las Canarias, goloso ¿no?.
Y llegó la hora de la
firma del contrato. Hay que decir, no obstante, que hasta
llegar a este punto había sido necesario suministrarles al
Carlitos & Novia severas y suficientes dosis de Bustaif y
canutos, como para “colocar”
a diez camellos, de tal manera que, después de una
desinfección a base de Zz y alcohol de 96º, el individuo
daba una cierta imagen de musiquero Jipioso, que, sin ser lo
mas conveniente, sin duda era lo mas aceptable que se podía
conseguir de semejante cochino. Así pues, allí estaban en el
despacho de la Fidela, flanqueados por dos de los
“meritorios”
habituales de la casa radiografiando lascivamente al
personal, (sobre todo al Güili, que con su pelito a lo Ringo
solía dar el pego). La cosa parecía increíble, ni cuatro
minutos habían tenido que aguardar en la
“salita
de las esperas interminables con el tresillo rojo”,
¡¡ni cuatro minutos!!, es mas, ni siquiera había empezado
con su habitual: “¿Que
tal chicooos? ¿Os va todo bien? ¿Que puedo hacer por
vosotras? ¡¡Uy perdón!!, quería decir por vosotros”,
sino que estaba yendo directo al grano, a comprobar
pasaportes, licencias fiscales, carnets de variedades,
permisos paternos (por aquellos tiempos la mayoría de edad
estaba en los veintiuno), etc. etc..., los tipos no podían
dar crédito, es mas, el Ruso y el Rogelio, que habían
practicado durante horas las mil y una formas de distraer la
atención de la Fidela para que no descubriera la cruel
realidad del dramático asunto
“Carlitos & Novia”,
que, con seguridad, finalizaría el contrato antes de
empezarlo, se miraban entre incrédulos y mosqueados por no
poder poner en práctica la “opereta”
que se habían montado. Pero la suerte es caprichosa, y
querían los hados que, en esta ocasión les viniera de cara.
Lo que sucedía realmente es que la Fidela tenía un
problema, había que relevar urgentemente a Tomy Lara (de
Tomy Lara y los Sondels), como grupo del barco, ya que le
habían ofrecido un pastón por tocar en un hotel de lujo de
no sé cuál país del Oriente Medio y, por lo tanto, en tres
días, había que estar en el puerto de Vigo donde el barco
atracaba por unas horas antes de salir zumbando hacia su
primer destino: Southampton, Inglaterra
.
“Joder
macho, lo nuestro es: o Juanito o Juanote”
murmuraba el Rogelio entre dientes mientras el Carlitos &
Novia, oliéndose la inminencia de su separación lloraban
a lagrima viva a la vez que se comían el uno al otro hasta
los mocos (literalmente), como queriendo apurar el más
pequeño momento en común, el espectáculo, en plena plaza de
Manuel Becerra, empezaba a ser comprometido, y es que la
pareja, prescindiendo del abundante personal que peatonaba
la zona, habían pasado a mayores, metiéndose mano a bragueta
abierta mientras los sollozos se hacían prácticamente
berridos, por lo que la expectación y los comentarios subían
de tono por momentos. Sería de utilidad recordar (sobre todo
a los mas jóvenes) que en la época en que nos situamos, es
decir a finales de los sesenta principios de los setenta, en
España se vivía aun bajo la dictadura del general Franco, y
aunque, seguramente por efecto del turismo, ésta comenzaba a
convertirse en una dictablanda, muchas parejas acababan
detenidas en el cuartelillo de la Guardia Civil por el solo
hecho de besarse en público, por lo que, a poco que uno se
sitúe en tiempo y lugar, tendrá a bien reconocer la gravedad
de la situación. ¡No dio tiempo a mas!, antes de que el
Güili y el Antonio tuvieran tiempo de avisarles, ya estaba
allí un guarda de esos de los parques que llevaban un traje
de pana marrón con correaje, hebilla de latón y escopeta de
perdigones de sal, llamándoles de todo menos bonitos, al
tiempo que les amenazaba el trasero si no se ponían
inmediatamente en marcha hacia el cuartelillo, el tipo debía
proceder del parque cercano a la plaza, y alguna beatóna le
habría ido con el soplo. Así pues, sin mas,
“los
amantes de Teruel”
(tonta ella y tonto él) con el guarda apuntándoles las
salvas sean las partes, acompañados desde una distancia
prudente por el Rogelio, el Ruso y el Güili y seguidos por
una docena larga de curiosos variopintos, se encaminaron a
la comisaría de la zona
.
“Pa
mear y no echar gota, ¡no me jodas!”
le susurraba el Rogelio al Ruso en comisaría,
“Estos
son capaces de ponerse a follar aquí”,
y lo decía sin percatarse de que, mientras el Güili
(muy a su pesar) hacia notar, con un carnet de hijo de
guardia civil o algo así, la profesión y rango de su señor
padre, el Carlitos le arrimaba la
“cebolleta”
a la novia al tiempo que ella reculaba en consecuencia. En
esta ocasión, el gemido que medio-salió de la garganta del
Carlitos no era precisamente del placer que le proporcionaba
su novia sino mas bien del puntapié que le propinaba el Ruso
en pleno hueso del tobillo, harto ya de tanta gilipollez.
Hay veces que los tratamientos de choque son los mas
eficaces, al menda le dio una especie de impotencia
transitoria que le hacia huir de la individua cada vez que
el Antonio le echaba una mirada, mano de santo, oiga. Por
otro lado el Güili conseguía, por fin, convencer al
comisario de que aquello había sido un mal momento debido
una situación inesperada, ¡si él supiera!, además parecía
ser que el comisario conocía a uno que conocía a otro que
tenia un amigo que había estado de maniobras con el padre
del Güili, así que, con una seria advertencia y la promesa
de que aquello no volvería a suceder salieron de allí como
buscando oxigeno y, a pesar de que el asunto del Carlitos &
Novia les tenia a todos a punto de vomito, a poco que
doblaron la primera esquina, no pudieron por menos que
dedicar a la estupidez en el poder un soberano corte de
mangas y un “La
mala puta que los Parió”
(con perdón de las putas), cargados con aquel sabor amargo
mezcla de odio, indignación e impotencia. Y es que,
semiconscientemente y sin que, con respecto a dos pelmazos
de la talla del Carlitos & Novia, sirviera de precedente, me
reconocerán ustedes-vosotros que, en aquella España de mis
dolores, había gilipolleces que clamaban al cielo.
“Joder
Carlitos, ¿quieres coger de una puta vez tu puto Farfisa y
meterlo en la puta D.K.W?”
increpaba el
Rogelio al “teclista
de los cojones”
mientras “la
pelmaza”,
entre sollozo y sollozo, le hacia una felacion en toda
regla, y es que el personal se había negado a subir a la
furgoneta (por llamarla algo) el teclado del individuo, ¡
era demasiado !, los tres días posteriores a la firma del
contrato, en lugar de estar a los ensayos, se los habían
pasado “ensayando”...
ya me entiendes, y no es que los del grupo le hicieran ascos
a la cosa de la jodienda, de hecho el local de ensayo servia
de “picadero”
cuando la ocasión lo requería, sin ir mas lejos, el día
anterior había aparecido Paula por allí con mas calentón de
lo habitual debido a no se que cabreo con su padre (“El
teniente del aguardiente”)
y, mientras el Güili, desaparecía una horita
“a
comprar tabaco”,
el Antonio y el Rogelio, sucesiva y, después,
simultáneamente, habían disfrutado de los favores de la nena
(“Cosa
mas fermosa non vi en la frontera...”)
que, en similares circunstancias, se ponía como
“poseída
por la lujuria”
(Que diría el cura don Saturio al que luego, casualmente, se
le descubrieron escarceos amorosos inconfesables, ¡ el muy
ladino !). Pero no era lo mismo, una cosa era beneficiarse a
las nenas generosas, y otra muy diferente tener una novia
empalagosa, llorona y fea, ¡ la cosa clamaba al cielo !.”¿No
te das cuenta que tenemos que llegar a Vigo y el Pacheco ya
va por la octava cerveza
esperando a que te salga de los cojones acabar de
despedirte?, continuaba el Rogelio visiblemente cabreao.
Y es que el Pacheco era un transportista venido a menos por
causa de su desmesurada afición a las birras y a los
cubatas, lo que le hacía tener una furgoneta D.K.W.
cochambrosa a falta de reparaciones urgentes, siempre
aplazadas por las fuertes inversiones que, en etílico, hacía
el individuo, por otro lado tenía una clara ventaja sobre
sus competidores: era, con mucho, el mas económico de la
profesión, esto era debido a que, tal y como solía alardear
a partir de la séptima u octava cerveza, no pagaba seguros
ni licencias fiscales ni nada por el estilo, es mas, muchos
dudaban que tuviera siquiera carnet de conducir, así que,
dadas las circunstancias, el Pacheco viajaba siempre de
noche, al abrigo de la oscuridad, y con una caja de cervezas
como fiel compañera. No es que a los chicos les gustara
viajar en tales condiciones, ni siquiera era un asunto de
penuria económica (que lo solía ser), sino que, según el
contrato, los traslados de Madrid a Vigo eran por cuenta de
la Fidela y el muy maricón, en cosa de dineros, pertenecía
al sindicato del puño, es decir agarrao y roñoso hasta la
meninges (como la mayoría de los agentes artísticos), así
que, el asunto del Pacheco, era una imposición totalmente
ajena a su voluntad, y sin embargo real como la vida misma.
Nota: Es en este momento cuando
“aquí”,
el “cuentahistorias”,
se permite una pequeña licencia, que quiere servir como
homenaje a las gentes del espectáculo en general y a tantos
buenos músicos en particular, que han dejado su vida en la
carretera por causas, la mayoría de las veces ridículas y
evitables (nuestro recuerdo para ti, Reni, allí donde
estés)
Las dos
de la madrugada de un día helado de mediados de Diciembre no
puede decirse que sea precisamente el mejor momento para
deambular por la cercanías de Medina del Campo, camino de
Galicia en una furgoneta amenazada de ruina inminente, sin
calefacción, con el equipo de sonido dándote en la nuca, con
un radiador que se vacía de agua cada cincuenta kilómetros,
y, por si fuera poco, con un conductor borracho, sin
papeles, y cantando el “Clavelitos”
en su versión interminable.
Parece ser que son las
situaciones extremas las que transforman a los individuos
cambiando su personalidad de tal guisa que en adelante
pasaran a ser mejores o peores pero nunca, desde luego, los
mismos de antes, y esta situación era una de ellas. Aun a
pesar de abrigarse con una manta cochambrosa y juntarse unos
contra los otros haciendo caso omiso del olor repugnante que
desprendía el jodio Carlitos, el frío se convertía, por
momentos, en insoportable haciendo que los dientes de los
cuatro castañetearan con tal contundencia y volumen que
sonaban muy por encima del ruido ensordecedor del motor de
la DKW, ¡ qué ya era sonar!, Aun así lo mas grave era que la
media Kilómetros / hora estaba siendo de risa, exactamente
de la risa tonta que produce el frío y la congelación
inminente, y es que, claro, teniendo que parar cada
cincuenta o sesenta kilómetros para echarle agua a un
radiador humeante y roñoso con un agujero que parecía de
bala, no era un asunto como para hablar de medias ni de
enteras, era simple y llanamente ¡una cagada!.
Fue llegando a
Ponferrada, punto critico donde, por aquellos tiempos, se
acababa la civilización conocida y se adentraba uno en los
dominios del Finisterre (y, por aquellos tiempos, nunca
mejor dicho) cuando empezó a clarear el día, total desde las
ocho de la tarde del día anterior, unas doce horas en las
cuales había pasado de todo, desde atropellar a un perro,
hasta tres o cuatro sustos de muerte con el Pacheco encima
del volante, dormido y borracho hasta las cachas, dando
bandazos de lado a lado de la carretera, y es que el
hijoeputa se había jarreado el noventa por ciento de las
provisiones de cerveza a mas de un liquido sospechoso que
guardaba celosamente en la petaca / botella que ocultaba por
debajo de su mugrienta zamarra, con lo que la cogorza era de
escándalo. Sucedió en ese momento algo inesperado y
contundente, el Carlos, el merengoso y oloroso tipo de la
novia pelmaza, echando a un lado la asquerosa manta con la
que trataba de defenderse del frío gélido, se levanto, y sin
dar tiempo a consulta alguna, se lanzo al pescuezo del
Pacheco, mientras le decía con todos los cojónes que le
permitían sus pocos años “
Mira, Hijo de Puta, o te bajas ahora mismo y te tomas diez
cafés o te aplasto los sesos contra el puto radiador de los
güevos”.
Como le vería de cabreado y contundente al chaval que no
pasaron treinta segundos antes que, aquel sucedáneo humano,
parase su chatarra andante en el primer bar que encontró
abierto para, sin mediar palabra, apretarse cuatro cafés
solos sin apenas respirar, y dos mas acompañados de los
famosos “Sobaos
Pasiegos”,
base de la alimentación de tantos y tantos músicos y demás
subespecies de la época. En otro orden de cosas, y por una
decisión callada pero unánime, Carlos, desde aquel preciso
momento, pasó de la categoría de
“impresentable”,
a la de “indiscutible”
dentro del grupo. “Con
dos cojones”,
sentenciaba el Rogelio al resto que movían la cabeza
afirmativamente, mientras el Pacheco, al que, a pesar de los
cafés, aún se le veía “borroso”,
trataba de recomponer infructuosamente una imagen
“imposible”.
“TBUUUUUUU,
TBUUUUUUU...”
anunciaba grave y potente una sirena al final de la avenida
que desemboca en el puerto de Vigo, haciéndoles subir a los
chavales las criadillas a la altura de la campanilla, y es
que el Tbuuuuuuu, tal y como sospechaban, provenía del
trasatlántico Virgen de Begoña, destino de nuestro
“cuarteto
de la muerte”
anunciando su partida inminente.
“¡Pacheco,
por tus niños, haz que esta chatarra llegue de una puta vez
al puerto, que son las cinco de la tarde y habíamos quedado,
a las tres!”,
le gritaba el Güili al Pacheco que, por cierto y como hijo
de guardia civil le había tocado ser el firmante del
contrato y responsable por todos los demás. Al pobre chaval
no le llegaba la camisa al cuello viendo como aquel cascajo,
humeante como la mismísima puerta del infierno y después de
veintiuna horas de viaje, se debatía entre la vida y la
muerte mas cerca de la segunda que de la primera.
“Tranquilo
niño, que cuando Pacheco dice que llega..., llega”,
sentenciaba el muy cínico mas preocupado por darle alegría a
la garganta (con un par de tragos, por supuesto) que por
cumplir con su trabajo. “TBUUUUUUU,
TBUUUUUUU...”,
bramaba de nuevo el buque cuando llegaban con la furgoneta
en punto muerto y caída libre, única forma en la que había
conseguido Pacheco hacer llegar aquel maldito trasto,
después de una especie de pedo descomunal que había dado por
finalizada la vida del sufrido motor.
“¿Pero
que coño os ha pasado?”
inquiría a punto de
infarto Tomy Lara, que ya se veía cargando otra vez el
equipo en el barco y teniendo que anular el contrato de
Oriente Medio. “¿Pero
que coño os ha pasado?”
vociferaba rojo como un diablo el orondo contramaestre desde
la primera terraza del buque,
“Cosas
del tráfico y de la puntualidad”
mentía
descaradamente el Pacheco señalando con la mirada a los
chicos, “Por
cierto, ¿no tendrá usted alguna cosilla para refrescarse el
gaznate?, es que... con los nervios y las prisas para que
los chavales llegaran a tiempo, no he probado ni un mal
trago desde Madrid, no le digo mas en el estado que viene el
vehículo. Pero todo sea para que esta juventud se oriente
por el buen camino, en el fondo, son para mí como unos
hijos...”
volvía a mentir el muy degenerado bajo la mirada alucinada
del personal, que no sabían si ponerse a descargar el equipo
o asesinar al perfecto cabrón con alguno de los hierros que
la ruinosa furgoneta había venido desparramando por medio
puerto.
“Venga
usted, buen hombre, suba a bordo, que mientras estos
“tarambanas”
descargan me va usted a dar su opinión sobre un roncito
jamaicano “quitapenas”.
Por cierto que, casualmente, juraría haber visto estorbando
por la bodega un motor Perkins de gasóleo, así que, si le
hace apaño, que se lo bajen los chicos...”,
le decía el sobrecargo al hijo de puta, mientras el
resto del grupo contenía, a duras penas, al Güili, pie de
micrófono en mano, que se lanzaba, como poseído por cien
diablos, a la chepa del causante de su primera ulcera de
estómago.

2) A BORDO
Salía el
trasatlántico, pesadamente, del puerto de Vigo con dirección
a Inglaterra, cuando los chavales terminaban de subir los
últimos instrumentos hasta la discoteca de popa, y a pesar
de que ésta se encontraba en una de las zonas mas altas del
buque, (lo que significaba haber subido cuatro pisos con los
aparatos a cuestas), en los muchachos se apreciaba como una
mueca a modo de sonrisa en la que se intuía, por un lado el
comienzo de una aventura por la que cualquier chaval del
barrio habría vendido su alma a Chuck Berry, y por
otro el descanso de haberse librado ¡por fin! de la
presencia de aquel maldito furgonetero, eso sí, no sin antes
haber desembarcado el motorcito de marras como prevención de
males mayores con el “todopoderoso
sobrecargo”,
el cual se había auto definido como
“el
jefazo directo de los asuntos de infraestructura y
amenización”
(y “vive
Dios que lo era...) dando instrucciones sobre los horarios
de actuación: Tardes: de ocho a nueve y media, y
Noches: de once a una, por lo que, teniendo en cuenta
que entre pitos y flautas se les había echado encima las
siete y cuarto, tenían exactamente tres cuartos de hora para
montar el equipo, probar sonido, ducharse (menos el Carlitos,
por supuesto), y empezar la sesión de tarde. En la mente de
El Ruso apareció, sin saber muy bien él porque, aquella
frase de Santa Teresa de Jesús (la muy amada de George
Harrison),”
Vivo sin vivir en mi, y tan alta vida espero que muero
porque no muero”
cosas del inconsciente en el sentido más amplio de la
palabra.
Aquello que,
en principio, se les antojaba como el barco más grande que
hubieran visto nunca, empezaba a parecerles, por momentos,
una balsa de maderos de las de aquellas escenas típicas de
las películas del Oeste cuando invariablemente aparecía la
escena del “descenso
por los rápidos”.
La realidad es que, según comenzaba la actuación, aquello se
movía de forma espectacular rayana en escandalosa, siempre a
merced de unas olas desordenadas y cada vez más bravías, de
tal manera que, en un trompicón más enérgico que los demás,
los dos bafles del equipo de voces fueron a dar contra el
suelo de la pista de baile, mientras el amplificador de
guitarra, que era de los de con ruedas imitación Marshall,
decidía largarse al medio de la discoteque arrastrando tras
de sí al Antonio abrazado a el tratando de que, una de sus
poquísimas inversiones, no acabara destrozada contra el
suelo. El descojone reinante entre el público comenzaba a
hacerse notorio, habida cuenta que la mayoría de los
espectadores consistía en marineros y oficiales de a bordo,
expertos y habituados a estos “meneillos”,
ya que los pasajeros propiamente dichos debían estar o
“durmiéndola”
o “vomitándola”.
Y cuando por fin alguien aparece con cuerdas y consiguen
sujetar aquello, el Carlitos con la cara desencajada y
mortecina, expulsa media “pota”
encima del órgano Farfisa, mientras sale corriendo a toda
velocidad intentando expulsar la otra media por la borda. A
estas alturas varios de los oficiales habían perdido el
control y daban puñetazos sobre las mesas presos de un
ataque de descojone, mientras el Güili acertaba, a duras
penas, endiñarle algún que otro mamporro a la batería según
el balanceo del barco le acercara o separara del
instrumento. El único que aguantaba el envite era Rogelio,
un tipo bien curtido en los vaivenes y avatares del
autobús-camioneta “Peña
Prieta –
Entrevias”
(dicha camioneta fue la razón subconsciente y última por
la que, durante años, se pidiera un puerto de mar para
Vallecas, ya que los “paquebotes”
circulaban por el barrio con toda soltura) y que utilizando
su amplificador como punto de apoyo y con una apertura de
piernas amplia y solvente, parecía haber encontrado un
eventual equilibrio, tan eventual que, como consecuencia de
un certero golpe de mar, le resbalaron los zapatos de suela
de los domingos produciéndole un desparramo de piernas que
para sí quisiera la Paulova, torciendo a la vez el tronco y
propinándole al Güili un fuete mamporro con el mástil del
bajo que le hacía caer de espaldas con un ojo a la birulé.
La situación aparecía tan dramática que el sobrecargo,
partido de la risa, acertó a balbucear un
“por
esta tarde es mas que suficiente”,
considerando quizás, que a este paso, la integridad física
del cuarteto (así como el cachondeo a costa de ellos), no
iba a durar ni para medio viaje. Es de ley reconocerle al
individuo cierto oficio, ya que de continuar semejante
escarnio, el asunto podría haber tenido consecuencias
imprevisibles.
Serían las
cuatro de la madrugada cuando, por fin, el trasatlántico
dejó de menarse como una cáscara de nuez para hacerlo de una
forma más ordenada aunque todavía bastante enérgica. Dentro
de un camarote de la zona media, se podían distinguir cuatro
figuras empapadas y aplastadas contra los somieres de las
literas mientras que por el piso
“nadaban”
algunos pares de zapatos victimas de la inconsciencia del
Ruso. El caso es que, en su afán de ventilar el habitáculo
para no sufrir los “aromas”
del Carlitos, había tenido la feliz idea de abrir el ojo de
buey del camarote. El brazo de mar entró contundente por el
ventanuco convirtiéndolo todo en una piscina de mas de medio
metro de profundidad, entraba tanta agua por aquel maldito
ojo de buey que no había forma humana de poder cerrarlo, el
Carlitos aterrorizado ante la escandalosa idea de que su
cuerpo se viera totalmente empapado (por primera vez en su
vida, seguramente), conseguía a duras penas abrir la puerta
del camarote con tal suerte que, tanto el cómo el grueso
del agua almacenada fueron a parar contra la puerta
semiabierta del camarote de enfrente habitado por una
familia musulmana cuyo patriarca, viendo invadida la
intimidad de su harén, quería asesinarlo en aquel mismo
instante. No le dio tiempo a tal, ya que, un segundo golpe
de mar, proyectaba al Antonio contra el Carlitos y a ambos
dos contra el iracundo pasajero terminando los tres encima
de las generosas carnes de una de las mujeres del individuo,
la cual, no se sabe bien si por el sock o por que,
seguramente, no se había visto en otra, gritaba y gritaba
como un gorrino a punto de degüelle.
Sería demasiado penoso
pormenorizar como se consiguió cerrar el ojo de buey, o como
se pudo achicar alguna de la enorme cantidad de agua que
paseaba alegremente por camarotes y pasillos, o como
calmaron al musulmán, preso de los celos al ver a una de sus
parientas debajo de tres individuos (asunto que no la libró
de un par de mamporros bien servidos, por si acaso), el
asunto es que, durante el resto de la noche, exhausto y
encima de una cama tan empapada como el mismo, se le estuvo
escuchando al Güili, con su ojo a la virulé, susurrar a
intervalos periódicos de unos quince o veinte minutos algo
parecido a “Glorioso,
sencillamente glorioso”,
el resto del grupo tan empapados y exhaustos como el
callaban prudentemente.
La mañana al entrar por
la ría de
Southampton
era de niebla espesa, tan espesa que el trasatlántico
apenas superaba los cuatro o cinco nudos, a la derecha se
quedaba ya la Isla de
Wight,
famosa por aquellos macro conciertos de paz y amor Hippiosos
a mas no poder, que suponían la envidia del personal más
“enterao”.
Antonio y su hermano Pedro habían estado allí el año
anterior para ver en directo al
Jimi
Hendrix, no pudo ser, los educadísimos policías de aduanas
les habían dado un plazo de estancia en Inglaterra conforme
a la cantidad de dinero que llevaban encima, es decir, diez
asquerosos días que no llegaban a la fecha en que empezaba
el festival, y es que no se podía esperar mucho de los poco
mas de mil duros con los que habían salido de Madrid, si se
tiene en cuenta los cuatro días de Paris durmiendo con los
“Clochards”,
los otros cinco de carretera en Autostop, los gastos
pertinentes al ferry para atravesar el Canal de la Mancha
(English
Channel
que dicen ellos, los muy suyos de ellos mismos), a mas de lo
referente al “Menú
de subsistencia”
impuesto por las circunstancias, es decir que, por mucho que
les insistieron a los “bobbys”
enseñándoles cartas de amigas invitándoles a vivir en sus
casas (Totalmente falsas, por supuesto), mintiéndoles
descaradamente sobre la transferencia que iban a recibir de
“Papá”
en el mismísimo momento en que llegaran a London y, ya en el
colmo de la desfachatez, les contaran una
“película”
sobre no se qué de que estaban contratados como técnicos en
afinación de guitarras del mismísimo Jimi, la tradicional
intransigencia británica se negó, una vez tras otra, a
otorgar ni media hora mas a los desconsolados interfectos.
Pienso yo que, con la perspectiva que inevitablemente da el
tiempo (y la economía), si no sería oportuno devolver la
misma moneda a esa pandilla de
“Gilipuertas”
(Excepción hecha de esa raza aparte que son los músicos, por
supuesto), cuando se les ve subiditos de bebida y de ínsulas
por alguna de nuestras playas, con el dinero justo para
tomarse un par de “Calimochos”
de vino malo y cabezón, ¡lo que pasa es que en este País, de
puro “modernos”,
somos medio gilipollas!. Será mejor que lo dejemos así, y
retornemos a lo que de verdad importa...
Decíamos que la niebla,
a fuerza de ser espesa, se cortaba con cuchillo, a decir
vedad, ¡no se veía ni raja!, así que el personal mataba el
tiempo ya parloteando, ya jugando a las cartas, ya mirando
hacia proa intentando ver otra cosa que no fuera el gris
negruzco que envolvía todo, cuando de pronto, un potente
chasquido rompía la tranquilidad por la zona de la proa,
acompañado de un temblor general,
”Hostias
Pedrin”
soltó con ojos de alucinado el Eugenio,
“Nos
hundimos como el Titánic”
sentenció
Carlitos presa del pánico mientras buscaba con la mirada (y
con las piernas) el paquebote mas cercano,
“fucking
mother...”
se escucho mas abajo, entre la espesura de la niebla,
“¿Que
coño ha sido eso?”
pregunto Antonio, ”Jóder
tío, ahí abajo, en el agua, hay un menda cagándose en to’o,
deberíamos hacer algo ¿no?”,
decía
el Güili, con los ojos que se le salían de las orbitas,
“¡¡
A los botes !!”
gritaba como un
energúmeno el Carlitos, “Anda,
tonto-lava,
bájate de la barca que tu eres capaz de caerte encima del
náufrago”
sentenciaba Eugenio. A
todo esto, la actividad en el puente de mando era frenética,
gente subiendo, gente bajando, gente gritando...”El
hijo’e
puta ha partido la barcaza en dos, ¡ si es que no se puede
manejar con el “pedal”
que lleva el cacho cabronázo !”
le decía uno
de los oficiales en prácticas a otro de igual rango
“Y
que lo digas, mas de botella y media se ha trajinado él
solito, para mí que este Primer Oficial es un perfecto
imbecil, ¡ya veras cuando se entere el Capitán!”,
“¿Enterarse?
Pero si anoche se subió a dormirla en un estado tan
lamentable que solo le faltó “potarme”
encima” “¡Acabáramos!,
ya veras cuando llegue el Práctico, de esta nos empluma a
todos...”.
Antonio miró al Güili con ojos de pánico mientras este
volvía a sentenciar “De
puta madre, ¡España y yo somos así señora¡”,
“Ya
te digo”
contesto el Eugenio.
“¡¡
Que te bajes de la puta barca, gilipollas!!”...
“Dicen por
ahí que les han “colocao”
al Capi y al Primer Oficial cuatro días de arresto, hasta
que se les pase el “moco”,
y un pastón para indemnizar a los de la barcaza”,
comentaba Eugenio
“Mejor,
así nos podemos largar tranquilamente a Londres, que yo
necesito unas cuerdas para la guitarra, ¿Nos vamos después a
un cine porno?”,
“Eso,
eso, ya era hora de que alguien hablara con sentido común...”.
El trayecto Southampton
/ London no es demasiado largo, en aquellos 70 el tren
tardaba algo mas una hora que daba para ver, de refilón, los
condados de Hamphshire y Surrey, hasta encontrarse con el
Big London, Capital del Imperio y ciudad que a nuestros
cuatro individuos les pareció impresionante, infinita. Y es
que Londres era (y es) una ciudad muy especial, compuesta de
otras muchas que se extienden a lo ancho y que, ya por
entonces, contaba ya con mas de siete millones de habitantes
fijos a los que podrían añadírsele un par de ellos mas de
población flotante. Además, el ambiente de la época era
enorme, de un colorido espectacular, cada cual vestido a su
manera, con empleados de la banca melenudos o nenas mini
falderas al límite de lo imposible, por no hablar de los
teatros, de los cines y de, por supuesto, LA MÚSICA,
omnipresente en cualquier rincón, sobre todo en el SOHO y en
locales como el Flamingo, donde dicen que tocó por
primera vez Charlie Watts con los Stones, o el Marquee
en el que la lista de actuaciones sobrepasa lo imaginable (Pink
Floid, ZZ top, Yardbirds, Julie Driscoll, Brian Auger, Jimi
Hendrix, The Who,, Manfred Man.
Spencer Davis, The Move,
Led Zeppelín, Yes, Jethro Tull, Genesis, Status Quo, Queen,
Troggs, Police, etc. etc…)...
En fin ¡una pasada!...
¡Y allí estaban!, en Waterloo Station, con
su “impresionante” ingles “Made in Vallekas/Torrejón“,
intentando averiguar el camino a la tienda de instrumentos
de música mas cercana a un cine con películas de
“despelote”. “¿Alguien le entiende algo al guiri este?”
“Cuidado con lo de “entender” que he ido al tigre de la
estación y había un puñado de julandras de brazos cruzados
intentando “comprarme” el asunto”, decía el güili un
pelín acojonado “¡No jodas! ¿Y no les has tirado un
besito …?” “Callaros coño que me parece que dice algo de
China …? “Si, ¡o de Filipinas!” “ … China Town near Charing
Cross Road … near Piccadilly Circus” se esforzaba en
explicarles el educadísimo ciudadano del “bombín” con pinta
de “tory” venido a menos “¿Piccadilly …?” alcanzaba a
comprender (que no “entender“) por fin el Carlitos “¿…
where the Hippies …? “yeah, yeah …” concluía huyendo,
como de la peste bubónica, de semejantes aborígenes pelmazos
oriundos, sin duda alguna, de los extrarradios del
Continente “¿Qué le has dicho al menda ese para que corra
como alma que lleva al diablo?” “Es el olor que desprende
aquí … el Carlitos ¿Cuándo te vas a duchar, cabronazo?
respondía el Rogelio “Dejar al Carlos y a su “tufo” que
es el único que nos puede llevar a lo del porno … Y tu,
gilipuertas, al cruzar mira para la derecha que estos
conducen al revés … ¡mira que son raros estos tipos!”
concluía Antonio mientras se encaminaban al puente de
Westminster “¡Este si que es un río y no el Manzanares!
¡Coño! ¿y ese relojazo …?” “El Big Ben, Joder, ¡si será
analfabeto!” “Vale “Antoñito el leido”, pues tu de relojes
sabrás mucho pero de hablar ingles ¡ni puta idea chaval! Que
si no es por el Carlos nos quedamos todo el puto dia en la
estación” “Es que mi cole dábamos francés, chaval” “Ya … me
gustaría verte con los franchutes” “ Bueno, vale ya, que
bastante tenemos con tener que hacerle la rosca al
“traductor” de marras …” susurraba el Güili a los dos
enzarzados mientras, como por intuición enfilaban Parliament
camino de Trafalgar Square … ¿No teneis hambre? Porque no
hemos probado bocado desde que salimos del barco …
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